lunes, 26 de julio de 2010

Para aquel que vendrá alguna vez

Y el reloj de las responsabilidades empezó a tic-tac-quear. Pestañeos del sol durante las caídas peladas. La tradición encerrada en un conformismo impetuoso, aquel Jeremías muere mientras pasamos junto a la vida, de noche, y de día. Tantos instantes deambulando acompañada por los recuerdos perfectamente rosados, los gritos de mi alma asolada, y narices afirmando a los dioses griegos de hermosura, mi lucha interna de contención, mis frustraciones empañadas por la esperanza, o al revés... Percibo. Siento “una luz celeste en medio de una oscura locura lluviosa”. Ese es tu nombre desde ahora. El cuestionarse la vida en la plenitud de los cumpleaños marque, el soñar con lágrimas violetas y mejillas rojas de emoción. Estoy esperando, y esperando, y esperando. No me importa la espera, sólo espero nunca se pose en mí la resignación, y poder pasar mis dedos por tus soleados cables-cabellos. Pinturas renacentistas, óleos de mujeres con sombreros, quedáronse atrás por tu existencia, cuando de repente, ese reloj que parecía martillar nuestras vidas comenzó a cantar, me cantaba que faltaban tantos minutos para verte, para caminar de nuevo contigo en mí y por vos. Desde 20000 km. de distancia, a 2 pasos.
Más cotidianidad, más símbolos, más protagonistas y más relojes parpadeantes. ¿Dónde están las cuerdas de guitarra? En nuestras venas, son nuestras venas, y toda nuestra vida una preciosa arpía malvada eufonía, donde la base rítmica la determina tu corazón. Espejos borrosos por los enamorados pintores a dedal (en especial de corazones). Música y chupetines naranja. Música y lunas serenas. Música y escaleras al cielo... Orugas esperando, sobre violetas y azucenas. Las baladas más hermosas las escribieron los rockeros, pensando en mí encantada por tu embrujo sombrío, vil y cruel. No quiero despilfarrar amor, aunque todo mi ser parece inmutarse, congelarse cuando el tiempo y el espacio colaboran para nuestra perpendicular coincidencia. Y no es la ciudad, ni las personas, ni el mercado, ni los sollozos, ni las cortinas, ni los uniformes escolares, ni la radio, ni la facultad, ni los periódicos, ni las vitrinas empañadas, ni los rincones negros, ni las cajas de las camas, ni los virus de computadora, ni las llaves perdidas, ni las clases de manejo, ni las botellas de coca cola, ni los armazones, ni los asaltos, ni el reloj, ni el ex, ni los lápices... Sos vos. Es esa coincidencia tiempo-espacial, el reloj que martilla mi alma, mi locura enlatada en lluvia celeste. Mi suplicio más hermoso, esquizofrénicamente racional, mí desconocido más adorado, al cual nunca había visto antes ni había oído su dulce voz, y sólo mi conciencia me brindaba ese placer; pero hoy, te ví y te reconocí... tan bello, tan sublime... Ese ángel a quien solía amar en mis noches de soledad y era una fantasía, pero hoy, vislumbré el perfecto equilibrio entre la realidad y el sueño de esta excéntrica ilusa. Y ante todo este quehacer del desesperante pasar de los minutos, vive una duda esperanzada, atiborrada de idioteces, de tazas de té verde, de canciones olvidadas por los actuales huecos, de remembranzas, de herreros musicales y misterios del bello abril. Una torpe ilusión misteriosa que llega sin pedir dádiva, una sensación de sismo taciturno que quiebra el techo de la calma y un ser diminuto que me mira, abatido, desde la palma de la mano, gritándome que le lleve junto a vos, a abrazarte, y compartir este martirio contigo.
La excelsitud de los cuerpos celestes es demasiado potente, y más cuando se impregna en tus cabellos, en tu caminar... y yo simplemente no puedo dejar de observarte y morir internamente. Las risas del yo qué sé. Más no aún... No se puede, nada, las auroriposas atadas no podemos volar. No se pueden dar más vueltas por el universo con tu imagen lastrando mis alas. Sólo se puede desear escapar, acuciosamente. Todo es tan indefinido, tan penetrante y fantásticamente chiflado. Nunca crucé más de dos palabras contigo, Napoleón Bonaparte. Creo que ni siquiera has de imaginarte cuál es la auroriposa que vino a posar sobre el sol para quemarse. Racionalmente loco. Mas no espero nada. Simplemente lo sepas. Hay por lo menos una persona en el mundo, por lo menos una, que muere por acercarse a vos, por intercambiar/compartir/crear melodías contigo. Y sea en el sentido que le tocase, siendo amigos, siendo nada más... Pero nosotros, los bichitos, entregamos las alas a las flores más hermosas, al sol, al abril del rojo sol y negra luna. Y un pedazo colosal, lo cargas en tu espalda, aunque no lo sepas, silenciosamente, reposa en tus hombros.
Y sí. Resumiendo, al final de toda esta historia: sos ese... ese con quien solía soñar en soledad, en las lunas de suave brisa, suave aire que colmaba mis pulmones, del cual concebí en mi cabeza que era un sol y sus ojos brillaban como las estrellas de algún cielo azabache, creando el escenario perfecto para respirarle, además de la ironía de una melodía soft rebelde, dulce y excitante, posando mis quebradas alas en él. Pero... Romper el reloj, por la pared, por el piso. Recurrir al jazz, a los ritmos atrapantes de la banda flotante de los cielos, entregarse a los sueños teatrales. Dejar fluir los pensamientos, someterse a las instantáneas de la calle. A cerrar las alas auroriposa azul, prohibido posarse en aquel sol encantado, es demasiado peligroso, por más que brille intensamente, es peligroso quemarse de ilusiones. Yo, una simple y complicada auroriposa azul, te ví y suspiré en aquel momento. Pero sufro siempre. Dulce y tiernamente, soñando con que nuestra coincidencia tiempo-espacial no sea ya eso, sino una voluntad de ambos para pasar el tiempo juntos...
Es que dicen unos filósofos... It makes me wonder.

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