miércoles, 3 de agosto de 2011

Alma de Cuero


Pues sí, la vida puede ser muy hermosa. Y si lo dudás debes creer. Creé en la magia del inoportuno hado, creé en los ideales que marcaron cada despertar, creé en la fuerza del amor y aplicala, creé en la pureza de la amistad y búscala, creé en vos y, por favor, dejate ir... Marchá, gritá a los cuatro vientos tus sentimientos, volá y liberáte, imagina y fantaseá, aprende a amar y ama y, no te olvides: ¡Viví!

Hacé bellas las cuerdas con las que presionas los soportes que sostienen tu firmeza, pues de su entereza va a depender que tu vida se corone con maravillosa guirnalda o se tambalee por la tensión de ataduras ajenas. Ser uno mismo no es nada fácil. Demasiados factores condicionantes, experiencias, circunstancias, opiniones habrán procurado y procurarán alterar nuestro natural carácter, nuestra innata personalidad. Para calmarlos muchos habremos configurado un ser artificial que para mantener su banal proceder deberá enterrar sus emociones.

La herida leve aceptará radicales cortes como remedio. Los graves males requieren suaves curas que liquiden su asedio e inviten a un suspiro que jalee un largo respiro. Aunque admitamos que en la percepción todo es relativo, aquello que disminuya con constante insistencia nuestra confianza debe ser corregido y aquello que se nos presente con insistente constancia como una falsedad, como una contumaz mentira, debemos rechazarlo.

Pueden los mismos tratados comportar muy distintas emociones: lo que para unos pisa su agrado hasta provocar un espasmo de disgusto para otros encarga el más jovial entusiasmo.

La vida es bella. No debemos disfrazarla, no podemos obviarla. Formamos parte de la naturaleza y eso nos convierte a todos en únicos y valiosos tesoros. Debemos integrarnos en nuestro paisaje y abrir nuestros sentidos para que puedan enriquecer nuestra sensibilidad con la percepción de mil maravillas, con el afloramiento de mil sensaciones. Hermosa es la tierra, limpio debemos percibir el aire y enigmático y mágico puede llegar a ser el cielo. Si aprendemos a coexistir con nuestro hábitat conseguiremos escuchar nuestro corazón, nuestro espíritu rimbombante. Y él nos va a contar mil fantasías, y él nos llevará presos del amor hacia parajes nunca imaginados, y nos va a mostrar el camino de las usanzas constructivas, y él, sólo él, nos empujará con un cada día renovado ímpetu hacia el reino donde la diosa felicidad anhela gobernarnos.

Si entras al nado en el real lago de los romances no infrinjas los cristalinos remolinos con adusto humor, sumergite con abierto talante y gozá.

Debemos condenar toda razón que no contribuya a enriquecer nuestro espíritu. Pensar no nos da la vida y demasiado a menudo nos la complica. En el sentir debe apoyarse el vivir y queriendo y siendo queridos hallaremos la fibra que vigorizará nuestro existir. Si andamos con paso seguro habremos hallado la senda de nuestra verdad.

Entre lo que digo y lo que hago nunca puede haber grandes extensiones de discordancia, si no quiero ser mendigo de la más corroedora inseguridad.

Engañados iremos si esperamos alquilar nuestra esencia con fiestas y guirnaldas que acicalen las realidades que acosan nuestro bienestar, pues en su conclusión el arriendo nos devolverá el depósito de nuestra frágil moral. Errados estaremos también si creemos adormecer nuestro descontento con aquellos fármacos que hunden las tensiones hacia el fondo de los subconscientes, pues ante el menor contratiempo nuestra mente removerá ese asiento y las turbaciones asediarán aún con más brío nuestro equilibrio.. Solo, dejarse ir. Y ya.